Recibir la noticia de que tenía cáncer, resultó demoledora para su vida.
Sintió mareo. Por primera vez en mucho tiempo, el mundo dio vueltas
alrededor con la velocidad de un carrusel, y delante de sus ojos pasaron
imágenes y recuerdos que dolieron en lo más profundo de su corazón. El
médico le hablaba, pero él no entendía. Asentía simplemente, pero no oía
el balbuceo de los términos médicos con los que trataba de explicarle en
qué momento su estómago había comenzado a experimentar el crecimiento
descontrolado de células, algo que no entendía pero que sí sabía, le iba a
robar la vida minuto a minuto.
--Siento decirle que la enfermedad está bastante avanzada, pero creo
que la esperanza es lo último que se pierde…--fue lo último que
alcanzó a escuchar del oncólogo antes de abrir la puerta y salir corriendo
por el largo –casi interminable—pasillo del centro de especialistas.
--No puede ser, Dios mío, no puede ser…--repetía una y otra vez,
sin importarle la gente que le miraba sin comprender qué estaba
ocurriendo.
En casa, no habló con Rosaura, su esposa. Aunque ella insistió varias
veces tocando a la puerta de la habitación con suavidad, no abrió.
Simplemente lloraba, como un niño, con la misma desilusión y desespero que
experimentó a muy corta edad cuando descubrió que estaba perdido en un
parque de diversiones.
Y desde entonces comenzó el largo proceso de volver su mirada a Dios;
desechar todo brote de escepticismo, del que tanto se ufanaba los viernes
cuando invariablemente se reunía a beber cerveza con sus amigos.
"Señor, si eres real, ayúdame", repetía una y otra vez. La sanidad
a través de la intervención divina se convirtió en su obsesión, desde que
abría los ojos—bien temprano en la mañana—hasta que caía la noche y se
dormía rendido por la preocupación.
El milagro en la vida de Alberto Zavaleta Romero, un mecánico de ciudad de
Panamá, se produjo y hoy es sano del cáncer. Nadie lo obligó a ir a una
iglesia cristiana. Fue por decisión propia, movido por el deseo de servir
a Jesucristo, quien había obrado sanidad en su sistema estomacal.
Desde la angustia
Si está atravesando por una situación que no comprende, que roba su paz,
que además de inconcebible considera que le ha llevado al límite de sus
fuerzas, es hora de clamar como lo hizo el rey David cuando enfrentaba un
problema agigantado: "Con mi voz clamé a Jehová, y él me respondió
desde su monte santo." (Salmo 3:4)
Es evidente que Dios, como nuestro amoroso Padre, quiere ayudarnos y más
cuando sabe que experimentamos agudas crisis, espirituales o físicas, pero
no obra porque Él responde cuando se lo pedimos. Si volvemos nuestra
mirada a Él, liberará Su poder, que no tiene límites (Cf. Salmo
18:6).
Pero hay algo más sobre lo que quisiera llamar su atención: Él es nuestro
sanador, como lo anota el autor sagrado: "Jehová Dios mío, a ti
clamé, y me sanaste." (Salmo 30:2)
No tengamos temor. Simplemente vamos a Su presencia. Él nos oye y atiende
(Cf. Salmo 77:1). Trae fortaleza a nuestra alma cuando atravesamos esos
momentos de angustia que hacen lucir nuestro entorno totalmente
ensombrecido, como un atardecer lluvioso en mi amada Santiago de Cali
(Salmo 138:3; 142:5).
Por encima de la incredulidad que prevalece en nuestra sociedad, el Dios
en el que usted y yo hemos creído es un Dios de milagros. Él sana y salva.
No deje de clamar a Él. ¡Dios responderá con milagros!