El día que el pastor Damián decidió retar las órdenes de su superior,
comenzaron sus problemas. De un lado, su compañero de ministerio sintió
que tenía delante un contendor y él, a su turno, pensó que estaba dando
pasos agigantados para imprimir cambios a la congregación.
--Confié en ti y mira, estás en mi contra—le dijo el pastor
director la tarde que pudieron hablar en la oficina.
--Simplemente creo que las cosas pueden ser diferentes—se defendió
Damian.
--Sí, pero no de esa manera…--replicó su superior y se inclinó de
nuevo a leer la Biblia, sentando tácitamente que la conversación había
terminado.
La relación se enfrió bastante. Pronto, no se podían ni ver, salvo los
días de los cultos en los que necesariamente debían cruzar palabra. No
pasaron dos meses antes que Damián, a pesar de reconocer su tremendo
error, estuviera pidiendo el traslado a otra congregación…
Recordaba una y otra vez al apóstol Pablo cuando escribía: “Todos
deben someterse a las autoridades públicas, pues no hay autoridad que Dios
no haya dispuesto, así que las que existen fueron establecidas por él. Por
lo tanto, todo el que se opone a la autoridad se rebela contra lo que Dios
ha instituido. Los que así proceden recibirán castigo.” (Romanos
13:1,2. Nueva Versión Internacional)
Actitudes negativas
Cuando acompañamos a una persona en el ministerio, es necesario que
evaluemos constantemente si estamos persiguiendo metas propias o nos
sujetamos a las metas del ministerio. Si priman nuestras expectativas e
intereses, sin duda no habrá bendición. La sujeción al liderazgo, lo que
sin duda es el plan de Dios, permite que avancemos. No habrá obstáculo en
nuestro desarrollo personal y ministerial, evidenciando crecimiento.
En este punto es importante considerar si ha desarrollado en su vida
actitudes de rebeldía, inconformidad, queja, contienda, competencia o
incluso, resentimiento que impiden el sano desarrollo en la iglesia.
Aunque suene drástico, si descubre este tipo de pensamientos y
comportamiento, es primordial que pida perdón a Dios.
Instrumentos de apoyo
Quien acompaña ministerialmente a un pastor, obrero o líder, debe
convertirse en su apoyo y fortalecerle en los momentos de crisis. Pelearse
con él, controvertir sus instrucciones o generar caos y polarización entre
los creyentes, es lesivo. No trae bendición, sino que acarrea maldición.
Paralelo a esto, debe tener sentido de respeto por su superior. Si bien
es cierto los métodos sean diferentes o no de cómo usted los concibe, debe
acatarlos. Al fin y al cabo trabajan en un propósito común: la extensión
del reino de Dios. Si asumimos una actitud comprensible y de apertura,
llegaremos a comprender el pensamiento de nuestro superior, desechando
toda actitud rebelde (Cf. 1 Pedro 5:5).
¿Y si no estamos de acuerdo?
Es probable que en el proceso de adoptar instrucciones que no comparte y,
por que no, de sufrir las consecuencias de decisiones arbitrarias, haya
experimentado desánimo y el deseo de no seguir adelante. En tales casos la
recomendación es someter su cargas ante el Señor y encontrar fuerza en Él
(Cf. Salmo 34:1; 1 Samuel 30:6). Como habrá
podido apreciarlo, desde el plano práctico, el propio David acudió al
Señor antes que a las estrategias humanas en el momento de crisis.
Aún cuando esté en contra de las disposiciones de su líder, la Biblia nos
enseña que debemos guardarle lealtad a los superiores (1 Pedro 2:20). Es
una forma de guardar el testimonio. Además, de colaborarle atendiendo las
instrucciones que imparta. También, no ocultándole nada (Marcos 4:22), que
es abiertamente un comportamiento de deslealtad.
Quien aprovecha las debilidades de su líder, aspecto que abordo para
concluir, no edifica su futuro ministerio sino que alimenta los pasos para
la derrota en el corto o mediano plazo, ya que estará contribuyendo a
división en la iglesia, antes que a edificarla.