Jamás imaginó que lo sorprenderían. Era tan improbable como que algún día
el despertar del sol comience a la medianoche. Sin embargo falló en su
cálculo. Lo capturaron. Cuatro horas después del robo. Y allí estaba,
frente al tribunal. La acusación: sustraer un moderno computador de una
empresa familia.
Los jueces en Alemania no suelen andarse por las ramas. Por esa razón
Esthepen Joseph decidió condenar al joven de 19 años, a seis meses de
prisión. Sentó su sentencia con un seco golpe de martillo sobre el
estrado.
--Creo que debería reconsiderar su decisión, señor Juez—interrumpió
el denunciante. El jurista le miró con disgusto y, con un gesto de
desconcierto, le indicó el por qué:--Un penal no rehabilita a nadie.
Creo que merece otra oportunidad. Le sugiero que la condena sea ayudarme
en la construcción de una alberca en mi vivienda...—
Aunque era una propuesta insólita, aceptó. Hoy trabaja en su casa, desde
primera hora de la mañana. Están por terminar la piscina. Y considera que
fue una buena determinación. Aprendió la lección. Además se vio frente a
una nueva oportunidad.
El poder del perdón...
Cuando leí la nota en un diario de la ciudad, reflexioné --como seguro lo
hará usted-- sobre la importancia de encontrar verdaderos correctivos a
las fallas, pero también, en la importancia de ofrecer una segunda
oportunidad a quien nos causa daño.
El Señor Jesucristo trazó un principio de vida que debemos asumir usted y
yo en nuestra existencia. El dijo “Porque si perdonáis a los hombres
sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas
si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os
perdonará vuestras ofensas.” (Mateo 6:13, 14).
Quien guarda rencor en su corazón, se causa un daño enorme. Y además,
cierra las puertas a tener paz espiritual y emocional. Le invito para que
desde hoy, con ayuda de Dios, perdone a quienes le han herido, ofendido o
generado molestias... Estoy convencido que su existencia será diferente...