El descubrimiento no estuvo a cargo de un científico. Lo hizo un niño que,
como solía cada atardecer, iba a la playa para extasiarse con el prisma
multicolor del mar bañado por el sol que moría en el horizonte y las
imágenes de las gaviotas volando a lo lejos cerca de la playa La Cota,
poblado de Lirquén, en Chile.
Primero vio unos restos óseos semicubiertos por la arena. No prestó
atención y regresó a casa, pero en medio de la noche su imaginación voló a
tiempos inmemoriales en los que animales inverosímiles poblaron el mar.
Estimulado por las gráficas de los libros de ciencia, regresó apenas
amaneció. Y allí estaban. Las olas habían descubierto los vestigios.
Frente a él aparecía la estructura que los científicos han llamado
pleistosaurio, una especie que se extinguió hace miles de años. Roberto
Gajardo es un chico de doce años que en adelante podrá contar a sus
compañeros de clase, que un día cualquiera --mientras jugaba-- encontró el
espécimen que por años buscaron los biólogos de mar.
Los estudiosos señalan que hallazgos así son comunes cuando el agua
remueve la piedra, la tierra y la arena que cubren generaciones que
vivieron en un pasado lejano...
Como este adolescente del relato, los seres humanos en cualquier momento
nos hallamos frente a hechos y recuerdos del pasado que nos roban la
tranquilidad del presente, y nos imposibilitan ver lo prometedor que
encierra el mañana.
Sin embargo, Dios exhortó a Su pueblo dejar atrás el ayer. A través de su
siervo nos recomendó: "